Un manual nutricional para «comer bien en tiempos de crisis»

Un informe reciente del Observatorio de la Deuda Social de la UCA reveló una cifra que enciende las alarmas en los hogares argentinos, seis de cada diez trabajadores se ven obligados a saltear comidas por motivos económicos. Ante este escenario de ajuste en el presupuesto familiar, la licenciada en nutrición Laura Larrateguy analizó el impacto que tiene este fenómeno en la salud y brindó herramientas prácticas para sostener una alimentación de calidad sin gastar de más.

Para la especialista, la gravedad de la situación no reside únicamente en la cantidad de veces que se come al día, sino en el deterioro de la calidad de los nutrientes. Larrateguy explicó que, para abaratar costos, la industria suele recurrir a productos ultraprocesados que simulan ser alimentos reales.

«Estamos recibiendo muy mala calidad de alimentación», advirtió en Ruido de Mate, señalando que muchos yogures o budines de góndola no contienen frutas reales, sino esencias, colorantes y aditivos diseñados para que el consumidor tenga hambre más seguido y quiera comprar más.

Respecto a la tendencia de saltear comidas, la licenciada aclaró que fisiológicamente el cuerpo hoy pide alimentarse cada cuatro o cinco horas, un paradigma que cambió respecto a la recomendación de los años noventa de comer cada dos o tres horas.

Sin embargo, cuando el ayuno es forzado por la falta de dinero, las consecuencias son directas, aumenta la irritabilidad familiar, empeora el descanso y baja el rendimiento laboral por una mayor propensión a enfermarse.

 

La vuelta a la «comida real»

Frente a la crisis, la propuesta de Larrategui es un retorno a la comida real, aquella que tiene pocos ingredientes y es fácil de identificar.

La experta sostiene que comer sano no tiene por qué ser más caro si existe una organización en las compras y el almacenamiento.

En este sentido, destacó la importancia de recuperar la cultura de la cocción que se transmitía de generación en generación y que hoy parece perderse ante el consumo de pantallas.

«Falta el tiempo de dedicarse», reflexionó la profesional, quien también celebró que actualmente el varón haya tomado la posta en muchas cocinas hogareñas para organizar el menú familiar.

Una de sus recomendaciones más contundentes para los padres es una regla simple, si cuesta pronunciar el nombre de un ingrediente en el paquete, al cuerpo le costará metabolizarlo.

Por eso, instó a preferir siempre lo casero, incluso si una receta tiene manteca o azúcar, porque al menos carecerá de los químicos industriales que alteran el metabolismo.

 

La pobreza y los diez alimentos esenciales

Larrategui reconoció que el desafío es mayor en contextos de pobreza estructural, donde faltan recursos básicos como agua potable o una heladera, lo que vuelve indispensables a los comedores comunitarios y escolares.

Para quienes tienen un margen de decisión sobre sus compras, recomendó romper prejuicios con alimentos económicos pero muy nutritivos como el hígado, el mondongo o las legumbres. La nutricionista elaboró un listado de diez elementos esenciales que no deberían faltar en la mesa para garantizar una nutrición básica:

  • Frutas de estación (son las más baratas).
  • Verduras.
  • Legumbres (lentejas, garbanzos, lentejas turcas para mejor digestión).
  • Avena.
  • Quinoa.
  • Frutos secos (el maní es la opción más económica).
  • Lácteos (preferentemente yogur casero).
  • Huevos.
  • Carnes (vaca, pollo, pescado o cerdo).
  • Cereales como arroz o harina común de trigo.

 

Modas, hidratación y prevención

En cuanto a la «moda de los alimentos picantes sintéticos», la licenciada advirtió que no existen estudios que avalen su seguridad y que suelen «provocar náuseas y vómitos» en niños.

Asimismo, Larrateguy validó el consumo de mate como una forma de hidratarse, aunque aclaró que no funciona exactamente igual que el agua pura.

En ese marco, concluyó en que la mala alimentación desde la gestación impacta en las defensas de los niños, lo que explica el aumento de alergias que se observa hoy en los consultorios.

La clave, según su visión, sigue siendo la educación alimentaria desde el jardín de infantes para que el recurso económico, sea mucho o poco, se utilice de la mejor manera posible.