¿Qué pasa con las adopciones en Entre Ríos?

En la provincia se buscan familias para 95 niños, niñas y adolescentes: 61 tienen entre 0 y 12 años y 34 son adolescentes de 13 años o más. La mayoría supera los 8 años; aproximadamente el 35 % posee Certificado Único de Discapacidad y muchos requieren tratamientos y apoyos específicos. También existen grupos de hermanos, incluidos algunos numerosos, que necesitan ser integrados conjuntamente a una familia.

Esta realidad no coincide con el perfil predominante de quienes se inscriben para adoptar: más del 90 % manifiesta disponibilidad para recibir a un solo niño de hasta 3 años, generalmente sin problemas de salud o discapacidad.

Por eso, “el principal desafío no es necesariamente que haya aumentado la cantidad de niños en situación de adoptabilidad, sino que las situaciones son cada vez más complejas”, dijeron María Silvana Spais, secretaria del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos de Entre Ríos (Ruaer), y Florencia Fita, integrante de es organismo.

“Muchos llegan después de graves vulneraciones de derechos, atravesados por problemas de salud física o mental, discapacidad, institucionalización y experiencias familiares dolorosas”, remarcaron.

Disminución de inscripciones y cambios sociales

En la última década, la cantidad de personas inscriptas en registros de adopción de todo el país disminuyó un 80%. En Entre Ríos se pasó de aproximadamente 100 o 120 nuevas solicitudes anuales en 2019-2020 a unas 43 el año pasado, una reducción cercana al 50 % en el período posterior a la pandemia. “La situación económica influye tanto en quienes evalúan inscribirse como en quienes ya iniciaron un proyecto adoptivo, pero no constituye la única causa. También inciden la baja de la natalidad, la transformación de los modelos familiares, la decisión de muchos jóvenes de no tener hijos y el mayor acceso a técnicas de reproducción humana asistida”, explicaron.

Evaluación y preparación de las familias

Spais y Fita, además, señalaron que las personas postulantes tienen edades diversas. Se han presentado mayores de 50 años y existe una presencia importante de personas de entre 45 y 55 años. El perfil más frecuente es limitado a la primera infancia, porque persiste la idea de que formar una familia debe reproducir el modelo biológico o basado en lazos sanguíneos. El trabajo de los equipos técnicos consiste en revisar esas representaciones, prejuicios y expectativas, y construir un “perfil adoptivo” más acorde con las necesidades reales de los niños que esperan una familia: niños mayores de 6 años, adolescentes, grupos de hermanos o personas con discapacidad y otras situaciones particulares.

“La adopción no debe responder a la necesidad de tener alguien que cuide a los adultos en la vejez ni ser una respuesta idealizada a la imposibilidad de tener hijos biológicos. Requiere un deseo genuino, un proyecto y disponibilidad para acompañar trayectorias marcadas por pérdidas y vulneraciones”, resaltaron. La evaluación “no exige condiciones lujosas, como una habitación o un baño exclusivos, pero sí una vivienda adecuada y adultos capaces de garantizar derechos, estabilidad y herramientas afectivas”, agregaron

Referentes de cuidado y acompañamiento

El dispositivo de referentes está dirigido principalmente a niños, niñas y adolescentes desde los 10 años que probablemente permanecerán institucionalizados hasta la mayoría de edad. Algunos no desean incorporarse a una familia adoptiva porque ya atravesaron experiencias familiares e institucionales y su proyecto de vida no incluye otra adopción; en otros casos, se agotaron sin éxito las búsquedas de familias.

El objetivo es ofrecerles un vínculo adulto estable que contribuya a su autonomía, su desarrollo y una futura salida de la institución.

El referente no necesariamente convive con el niño o adolescente. Puede acompañarlo en cuestiones educativas, actividades fuera de la residencia, celebraciones, fines de semana u otros momentos significativos. Aunque eventualmente la relación podría derivar en convivencia, la finalidad inicial es brindar una presencia singular, afectiva y sostenida: alguien a quien el joven pueda recurrir, que lo conozca, lo mire individualmente y se comprometa a largo plazo.

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