«La ciencia no es algo lejano»: el desafío de democratizar el conocimiento en los barrios
El doctor en Ciencias Sociales e investigador de la UNER, Andrés Wursten, pasó por los micrófonos de En el Dos Mil También para desarmar la idea de que la ciencia es un asunto de personas encerradas en laboratorios. Como director de Ideas del Litoral -un medio dedicado a la actividad científica regional- defendió la necesidad de una comunicación pública que devuelva el conocimiento a la vida cotidiana y a la discusión democrática.
Para Wursten, la tecnología y el saber científico son transversales a la sociedad. Ante la pregunta de qué tan cerca está la ciencia de un ciudadano común, el docente fue categórico: está en lo primero que hacemos al despertar.
«El teléfono hoy creo que es el dispositivo por excelencia que más utilizamos que es casi una extensión de nuestro cuerpo», explicó, señalando que detrás de una simple alarma o el GPS hay un complejo entramado de ingeniería y software.
Incluso actos tan rutinarios como lavarse los dientes tienen una raíz científica vinculada al discurso higienista que moldeó nuestras conductas.
Según el investigador, comunicar estos procesos sirve para «ejercitar la mente para tener una comprensión distinta del mundo en el que vivimos» y para formar ciudadanos dispuestos a debatir con una posición más consciente.
Wursten marcó una diferencia clara entre el periodismo científico tradicional, que suele buscar la espectacularidad en las ciencias «duras», y su visión de la comunicación.
Su equipo prefiere trabajar sobre la «cocina de la ciencia», entendiendo que es una actividad humana, un trabajo como cualquier otro, atravesado por tensiones económicas, políticas y culturales. En este sentido, cuestionó el término «divulgación» por su carga histórica verticalista, donde un «sabio» le habla a un «ignorante».
Él prefiere hablar de comunicación como el acto de compartir y poner en común. «Existe el derecho a la ciencia que es uno de los derechos humanos de la Unesco», recordó, enfatizando que la ciudadanía no solo debe conocer, sino también participar y hacer uso de esos avances.
El peligro de la desinformación y la IA privada
Uno de los puntos más críticos de la charla fue el análisis del ecosistema digital actual. Para Wursten, la desinformación no es un error periodístico fortuito, sino una «apuesta política para desorientar a la población» porque al poder le conviene tener personas que no piensen.
Puso como ejemplo lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19 con los discursos contra las vacunas. Sobre la inteligencia artificial, advirtió sobre la enorme concentración de poder: hoy solo cinco empresas manejan este conocimiento sin transparencia en sus algoritmos.
«No sabemos qué es lo que hace la inteligencia artificial cómo funciona… cómo usa nuestros datos», denunció. Incluso alertó sobre la privatización de servicios de inteligencia estatales a manos de tecnomagnates, lo que consideró un riesgo para la salvaguarda de la democracia.
Lejos de la teoría pura, Wursten detalló el trabajo territorial que realizan desde 2022 en los barrios populares de Paraná. En el Barrio San Martín, lindante al volcadero municipal, el equipo de la UNER colaboró para transformar una problemática de falta de comida en una solución colectiva: una huerta comunitaria junto al INTA.
«La ciencia puede ser una respuesta a alguno de los problemas que se tienen en el barrio», afirmó. Este proyecto no solo incluyó la capacitación técnica, sino también la integración social, llevando a adolescentes y adultos de sectores marginados a conocer museos públicos y facultades, espacios que a menudo sienten ajenos.
Un optimismo responsable
Consultado sobre si el vértigo tecnológico invita al pesimismo, Wursten fue firme: «No podemos darnos el lujo de ser pesimistas».
Aunque reconoció que existe una «ciencia para el mal» utilizada en guerras tecnificadas con drones y misiles, reivindicó el compromiso de luchar por una esfera pública donde todos los sectores sociales participen en igualdad de condiciones.
Como ejemplo de lo que sucede cuando se excluye a la ciudadanía de los debates científicos, citó el conflicto de las pasteras en el Río Uruguay.
Para el investigador, ese choque emergió precisamente por la falta de una discusión abierta y honesta con la sociedad sobre el impacto ambiental y productivo de la industria.